Nacida en el barrio de Monserrat, hasta
hace poco tiempo caminaba con su arte por Méjico,
Nueva York, Roma y Barcelona, entre otras ciudades. El
mundo se convirtió en su lugar de investigación
y de expresión, pero ella nunca abandonó
sus raíces. Ahora, está de vuelta en su
casa.
-Todos
me dicen que estoy loca, como voy a invertir acá.
Pero yo confío, creo que todo va a salir fantástico.
Abrí hace muy poco este lugar y me está
yendo bien. A la gente le encanta.
Amalia
Ronzoni, artista plástica, volvió al corazón
de Monserrat, a Moreno 619, esquina Perú, donde
está su lugar, donde trabaja y expone.
-Encontré
este local y lo refaccioné. Es un edificio muy
viejo, construído entre 1860 y 1870. Tiene que
ver con el principio de lo que fue Buenos Aires. Monserrat
es parte del circuito histórico de esta ciudad.
Yo nací en este barrio y este local cuenta su historia
en las paredes, se ve en sus ladrillos. Este es mi lugar
de trabajo, lugar de encuentro, lugar donde mostrar...
Es un lugar de historias y costumbres argentinas contadas
con arte.
¿Cómo
llegaste a la pintura?
-La
nuestra fue una familia de artistas. Yo empecé
esto por mi tía, ella era muy buena pintora,...
murió muy joven, a los treinta años. Empecé
con una técnica propia: el golpe de pincel. Con
el tiempo esa técnica se fue imponiendo. Es como
un puntillismo exagerado, no sé como llamarlo,...
para mí es el golpe de pincel. En
un momento, por esas cosas de la vida, hice un viaje a
Méjico y entonces me dije, yo tengo que exponer...
¿Qué
te motiva en tus trabajos?
-La
literatura, la música. Yo pinto con música
y leo un montón, me encanta leer. De una frase
me puede salir una gran historia. Una carta cortita de
Isabel de Guevara fueron diez cuentos con una historia
a lo mejor completamente diferente. La literatura es lo
que te dispara la imaginación, por eso me aterra
pensar que los chicos se la pasan frente a una computadora
y nada más.
La
charla con Amalia se hace fluida, se desliza, toma cuerpo.
-Siempre
mis muestras son temáticas, ahora estoy terminando
el tema Boca-River que es una costumbre argentina muy
arraigada. Hay un montón de temas lindísimos
como el truco, el mate, la música, historias que
pasaron hace apenas unos años. Lo que pasó
en 1980 también es historia, lo que vivió
nuestra generación, la música que escuchábamos
en nuestra juventud.
¿Cómo
fueron tus inicios?
-Los
primeros trabajos que hice fueron sobre el tema de la
danza. Ese fue mi primer tema. Después hice la
historia de los pueblos de América. Buscaba un
personaje, un hombre común, un exponente general
de cada país. Fueron treinta y un cuadros. Los
presenté acá en Buenos Aires, después
los llevé a Nueva York. Intentaba descubrir las
similitudes que hay entre los pueblos de América.
Por este trabajo recibí una mención especial
en un libro de Fine Arts por el cuadro de Perú.
Amalia
se entusiasma.
-Luego
me dije: si puedo hacer los treinta y un países
de América, puedo hacer las veinticuatro provincias
argentinas. Cuando empecé a investigar sobre los
pueblos indígenas, de las veintiocho etnias que
hubo en un momento, quedaban cinco solamente. Trabajé
con ellas, viajé, hablé. Por este trabajo,
que se llama Raíces, me etiquetaron como pintora
indigenista. Después
seguí con Raíces de Buenos Aires que empecé
con Bioy Casares. Él iba a escribir y yo a pintar,
pero se enfermó. Terminé sola, haciéndolo
en la Casa Rosada con mucha escenografía. El libro
se terminó con cuentos cortos escritos por mí.
La idea fue de los dos, pero tuve que escribir yo.
La
charla es todo entusiasmo, Amalia habla por sus obras,
muestra y explica.
-También
hice un trabajo que se llama Mujeres de aquí y
de allí, lo llevé a Barcelona. Armé
una exposición con mucha escenografía, porque
considero que uno debe mostrar todo lo que tiene que ver
con el arte, incluso música, textos... Una historia
donde la gente se puede meter. Son
muestras temáticas, con mucha escenografía.
Son cuentos, recreaciones. Me encanta el tema de los libros,
me gusta mezclar historias con pinturas. También
un ecologista me encargó que pintara árboles,
pero como yo pinto personas, los hice con forma de mujer.
El árbol tiene que ver con la vida y con la tierra,
y éstas tienen que ver con la fecundidad, que es
absolutamente femenina.
Amalia
nos cautiva con su pasión por el arte. Uno sabe
que está en un lugar lleno de vida, imposible de
guardar plenamente y de una sola vez en la memoria. El
tiempo nos envuelve, pero nos vamos sabiendo que hay que
volver.
En
Monserrat hay un lugar que vale la pena descubrir.