Minotauro
Sitio
inicio
presentación
staff
enlaces
mapa
contacto
Secciones
muestras
libros
cine
música
Literatura
busquet
vargas
santos
nuñez villalba
barjak
brossard
Galerías
plástica
ibáñez
ronzoni
mensias
kasses
di leo
pervieux
lores
bianka
forte
kimura
arte digital
padula
elixir
giusti
vivares
eolious
plástica y fotografía
victoria
vaca & jara
plástica y digital
núñez villalba
fotografía
dafonseca
dibujo
french
 
UNICEF
Reporteros Sin Fronteras
Anmistía Internacional
Antorcha de los Derechos Humanos
Sea Shepherd
Ocean Sentry
GreenPeace
AnimaNaturalis
Fundacion Vida Silvestre
InfoUrba Noticias UrbaWeb Beijin 2008
CUENTO

 

A LA HORA DE DORMIR

Quien ha pasado por la maravillosa y aterradora experiencia de ser padre, se vera íntimamente identificado con la narrativa.

Resulta esta una constante en la vida de estos pequeños seres que luego de un día que comienza con el alba, lejos de despertadores y muy cerca del sueño entre liviano de los mayores; (entendiéndose por estos a todo aquel cuya categoría de padre lo hace una entidad que concilia la dicha de dormir solo a unas cuantas y cortísimas horas); luego de la interminable jornada y por cierto rara vez poco divertida; estos muñecos y bajitos como supo llamarlos un canta autor, se encaminan lenta y caprichosamente a la cama, camino este que los lleva a una lucha titánica, abrasiva y escandalosa, contra unas energías que en forma estrepitosa piden desesperadamente recarga.

Es el momento más sublime, ansiado, sobre todo requerido y necesario, que todo padre de familia espera; ver esos ojitos descender inexorablemente, como anticipando esa tregua que nuestros pequeños parecen estar dispuestos a dar.

Quizás ocurra aquí la máxima exponencia de la delicadeza, ese incontrolable temor a despertarlos nos conduce a manifestarnos con esa tranquilidad que uno descubre tenía y no practica hasta el ocaso. Nos movemos en forma sospechosa, agazapados, hasta con aires delictivos con el único fin de no interrumpir ese sueño que nos vaticina el comienzo del nuestro.

Llegando a la meta tan deseada, arropando cariño, regalando pequeños y suaves besos que no oponen resistencia, la cama de nuestros hijos se propone como aquel pico en altura que algunas vez pensamos que podíamos alcanzar y que salvando la metáfora ya esta cerca de nuestra consagración.

En un último arrojo de ternura, apoyamos ese cuerpito tan amado, caliente y enteramente entregado a nuestros brazos, sobre esas sabanas que sabemos suaves pero frías y nos invade el temor de que ese cambio brusco en la temperatura es el límite finito que separa la dicha de terminar al fin un día más.

El último beso y sigilosamente nos aprestamos a emprender la huida, cuando inesperadamente esos ojitos tan dulces y en posición de descanso, enfocan como un sol, redondos, abiertos, generándonos un estupor y esa sensación de resignación inigualable en tales circunstancias.

Tiesos; con la respiración contenida a limites solo pensados en el peor de los naufragios, imploramos interiormente que solo se trate de un movimiento involuntario, un reflejo, un tic o una mueca pasajera, y auto convencidos de ello intentamos retomar nuestro plan de escape, hasta que la débil vocecita, implacable, nos dice: - Papá... ¿¿me contás un cuento?? -

Decimos una que otra blasfemia, siempre hacia adentro, como si no quisiésemos darnos cuenta de lo que esta ocurriendo, con la mínima esperanza de que nuestro silencio resuelva lo que creíamos imposible. Respiramos hondo, miramos fijamente a los ojitos, y otra frase vuelve a rebotar desmoronando por completo la tentativa de nuestro descanso. - Dale pá... así me duermo!!! –

Nobleza obliga y en un instante nos percatamos que con el pedido nos tiraron poco menos de medio siglo de historias, aventuras y cuentos que en fracción de segundos deben aparecer en nuestra memoria y se debe ejercitar una inventiva de aquellas que en el barrio le decían guitarreo, como cuando éramos adolescentes y pretendíamos arrimar el equipo a alguna jovencita.

Descubrimos la fragilidad y nuestras falencias memoriales, al darnos cuenta porque olvidamos cosas que ahora se vuelven fundamentales dado que dirimen nuestro futuro inmediato.

Sacando pecho nos sentamos en la cama y comenzamos a intentar dilucidar los nubarrones que nos cubren; - Había una vez...-, que poco imaginativos somos!!! Aunque reconocemos que todo cuento comienza así; e instintivamente nos abrumamos con preguntas como ¿Quién dejó las miguitas en el bosque para no perderse? ¿Hansell & Gretel o Peter Pan?, me suena más este último porque miguitas con pan.....

¿El Lobo de Caperucita donde se escondía? ¿Cómo sabía la abuela que se la iba a comer? ¿A quien se había comido antes? ¡¡Por que esa parte no nos la contaron!!

Mientras proyectamos la idea, esos ojitos nos miran fastidiados y hasta nos parece interpretar una lacerosa observación como ¿y …? ¿para hoy?

Devolvemos la mirada y agregamos un ¡ya va… ya va! y quedamos aun más desconcertados con los ojitos que ahora percibimos nos dicen: ..Y si yo no le dije nada!!!

Casi como un oasis advertimos que el cuerpito se contorsiona como para entrar en el sueño y liberarnos de la necesidad de aspirar una correlación más o menos coherente entre Los Teletubies, Barney y Los Simpsom, sin olvidar por supuesto al oso y al bosque porque desde que tenemos uso de razón no existe cuento para niños que no tengan un oso y un bosque.

Definitivamente ya con las neuronas generando una catarsis insostenible, recurrimos a la siempre bien recibida caricia acompañada con un tenue zarandeo que pretendemos sea la solución al rompecabezas.

A esta altura el niño atraviesa un estado de incordio digno de un japonés con una cuchara, ante el anquilosamiento de nuestra imagen.

Es ahí, cuando brota nuestro instinto de supervivencia, que nos guía a descubrir la maraña, porque cualquier cosa puede pasar menos quedarnos dormidos, y volvemos rápidamente al comienzo de – Había una vez… - y aprovechando la somnolencia que ya manifiestan los ojitos, echamos mano del oso, el bosque y cuanta criatura tenga capacidad de correr, volar y como si esto fuera poco, hablar.

Como ocurre invariablemente, todo relato, en muy raras ocasiones llega a su fin, ese pedazo de nuestra vida, entre sabanas ya tibias, se da por vencido y plácidamente se decide a pernoctar.

Aliviados, y no se por que convencidos del deber cumplido, nos retiramos mucho más discretamente que aquel intento de un par de horas atrás y al fin, a oscuras, probamos dormir sin tiempo para pensar un cuento que inexorablemente en la próxima caída de sol nos será requerido.

 

Gustavo Santos

 

Minotauro - publicación electrónica independiente - www.minotauroweb.com.ar
© 2003 Copyright - administrador@minotauroweb.com.ar - Todos los derechos reservados